Shakira volvió a Madrid y llenó la noche con 55.000 voces que repitieron su consigna más rentable: las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan. La frase funciona como estribillo, como lema comercial y como resumen de una época en la que la celebridad conviertió una herida sentimental en una máquina de ingresos. Pero parece que Begoña Gómez escuchó aquella recomendación con una atención especial. Shakira factura con entradas, discos y publicidad, y la esposa del presidente tanto quiso facturar que hoy afronta acusaciones relacionadas con influencias y fondos públicos.
El magistrado Juan Carlos Peinado decidió enviar a juicio popular el caso de la primera dama por los cargos que se le imputan como presunta autora de delitos de tráfico de influencias y malversación, tras dos largos años de una instrucción que la izquierda quiso vender como cacería.
La mujer del líder socialista tendrá que explicar ante un tribunal cómo se hicieron ciertos trámites y acuerdos cuando el apellido pesaba más que cualquier mérito. La Audiencia de Madrid tumbó parte del relato, es verdad, aunque lo que quedó basta para que el cerco se estreche alrededor de La Moncloa.
Todo esto ocurre mientras un país entero aprieta el cinturón y las familias hacen malabares para llegar a fin de mes. La esposa del presidente parece haber entendido que el poder se traduce en oportunidades de negocio y cumplió al pie de la letra la frase de la artista colombiana, aunque la cuenta la paguen los españoles de a pie. Ella factura, ellos sufragan, y esa aritmética tan sencilla explica el descrédito de quienes prometieron limpieza y entregaron sospecha.
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Y que no me vengan “los iluminados” con que esto es un ataque de la derecha, porque los papeles hablan solos, y un magistrado no envía a nadie al banquillo por capricho, sino porque encontró indicios que la propia Audiencia validó. Lo que se juzga aquí no es un desliz aislado, lo que se juzga es una manera de entender lo que la izquierda repite allí donde pisa, y es esa costumbre de repartir favores puertas adentro mientras se predica virtud puertas afuera, un vicio que ni siquiera un país como España logró esquivar.
La izquierda que llegó al poder con el discurso de la decencia deja al descubierto, una vez más, que su virtud dura lo que dura la oposición, y que una vez instalada en el sillón repite los mismos abusos que decía combatir. Pedro Sánchez no inventó esa tentación, aunque la ha llevado a una expresión especialmente descarada, y España merece algo mejor que un espectáculo donde la primera dama de facto aprende de una estrella del pop a monetizar su posición mientras los ciudadanos sostienen el circo.
Que Shakira facture cuanto quiera, faltaría más, porque su dinero lo pagan quienes compran la entrada por gusto. Lo intolerable es que otra factura, la del poder mal usado, se cargue sin permiso a la cuenta de todos, y que encima pretendan que aplaudamos.

