Hay semanas en las que uno guarda la agenda de negocios en el cajón y se permite escribir sobre lo que de verdad ocupa la conversación. Esta es una de ellas. España es campeona del mundo por segunda vez en su historia.
Se había repetido hasta el cansancio que Argentina era el gran patrón del juego mundial, el equipo al que había que admirar casi por obligación y la selección que supuestamente estaba una posición a la que los demás solo podían asomarse. Bastó una final larga, áspera y exigente para comprobar que tanta solemnidad quizá descansaba sobre una fe algo excesiva.
España ganó con merecimiento, y ese matiz importa porque no se trató de un accidente, ni de una jugada aislada, ni de una de esas noches en las que el fútbol premia al que menos propone. La prensa internacional repartió elogios al juego de la selección española y dejó constancia, al mismo tiempo, de la agresividad de Argentina y del trato que sus jugadores tuvieron durante el encuentro.
La Roja soportó la tensión, entendió el momento, resistió el desgaste físico y acabó imponiendo una superioridad serena, mientras Argentina se fue consumiendo en una mezcla de ansiedad, brusquedad y escasez de ideas que cuesta casar con la imagen de selección total que tantos le habían adjudicado.
La falta de ambición quedó al descubierto incluso antes de la expulsión de Enzo Fernández, y el dato que resume esa pobreza ofensiva merece una pausa, porque un conjunto que no consigue rematar entre los tres palos hasta el minuto 115 difícilmente puede seguir reclamando una supuesta excelencia sin admitir, al menos en voz baja, que la noche le retrató peor de lo que su propaganda estaba dispuesta a tolerar.
Luego apareció Ferran Torres, que firmó el gol decisivo en la prórroga, y con ese golpe terminó de ordenar una final que ya pedía un vencedor más fiel al juego. Rodri levantó el trofeo en Nueva Jersey y España se llevó su segunda Copa del Mundo masculina, mientras en buena parte de la prensa se destacaba tanto la victoria española como el llanto de Messi tras la derrota por 1 a 0.
La escena tiene una fuerza simbólica evidente, por “el drama” de la estrella vencida y porque dejó al descubierto el contraste entre un equipo que sostuvo la compostura y otro que, bajo presión, fue perdiendo forma, paciencia y crédito.
Se ha dicho que esta fue una “victoria para el fútbol”, expresión manoseada en demasiadas ocasiones, aunque aquí encuentra bastante sustento si uno atiende a los hechos y prescinde del sentimentalismo. España ganó una batalla de resistencia, impuso un orden más limpio y ofreció una versión del juego bastante más digna que la de un rival al que varios observadores reprocharon un comportamiento impropio de una final de este nivel.
A Argentina, que había cultivado una reputación casi sacerdotal, le tocó representar el papel menos lucido, y no deja de tener cierta ironía que el conjunto que tantos consideraban como el mejor del mundo acabara necesitando dureza, protestas y un remate a puerta en el minuto 115 para sostener su prestigio durante unas horas más.
La Roja ganó porque jugó mejor el partido que exigía una final de esta magnitud, mientras Argentina perdió bastante más que un título, porque dejó una imagen pobre, arisca y sorprendentemente menor para una selección que llegaba envuelta en una grandeza que esta vez no supo justificar sobre el césped. Si el plan de la FIFA era darle la Copa del Mundo a Messi, España no leyó el guion.

