Esta semana Alemania dejó una imagen que debería preocupar a quienes llevan años convencidos de que Europa seguirá votando siempre de la misma manera. AfD obtuvo el 43,8% de los votos en las elecciones locales de Sajonia-Anhalt, un resultado que coloca a la derecha radical ante una fuerza electoral que ya no puede explicarse como una protesta pasajera.

Ese país ha sido, durante décadas, uno de los grandes bastiones del orden político europeo y cualquier cambio profundo en su electorado termina teniendo consecuencias más allá de sus fronteras. Y con este resultado en las urnas se demostró que una parte cada vez mayor de los ciudadanos busca alternativas que devuelvan mayor peso a la nación y se alejen de la izquierda y el socialismo.

Alemania puede estar anunciando un cambio de ciclo. Y España debería mirar con atención porque aquí sobran las señales de agotamiento. Pedro Sánchez ha demostrado que su modelo de gobierno no funciona y lo que encontramos después de este tiempo es un país sometido a una sucesión de conflictos políticos, problemas migratorios, desgaste institucional y enfrentamientos que han terminado por dividir todavía más a la sociedad.

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Un ejemplo de ello fueron las movilizaciones del 2 de septiembre, que llevaron a miles de españoles a las calles de Madrid, Valencia y Sevilla con banderas de España y de Ceuta, para reclamar una respuesta distinta ante la situación migratoria. Los españoles salimos a defender nuestras fronteras y esta acción hay que verla más allá de la supuesta intervención de los partidos de la oposición, porque allí estuvo una parte de España que está diciendo que quiere recuperar el control sobre cuestiones que considera fundamentales para su seguridad y su identidad.

Luego está la política exterior. España ha perdido presencia en determinadas reuniones del G20 durante la presidencia estadounidense de este año, mientras Washington dio entrada a Países Bajos y Polonia en encuentros de alto nivel. Para un país que pretende tener peso en Europa y capacidad de influencia internacional, quedar apartado de conversaciones económicas de primer orden debería provocar preguntas en Madrid.

Y el desgaste alcanza, por supuesto, al círculo más cercano del presidente. La situación judicial de Begoña Gómez, su esposa, ha añadido otra fuente de presión sobre La Moncloa después de que el magistrado Juan Carlos Peinado la citara dentro del procedimiento previo a un eventual juicio oral. Las acusaciones que figuran en la causa son graves y corresponde a los tribunales determinar las responsabilidades que procedan, pero políticamente resulta imposible separar este episodio de la imagen que proyecta el Gobierno.

Mientras tanto, Alemania ofrece una señal que España debería estudiar. Cuando un electorado abandona a los partidos tradicionales y concede semejante respaldo a una fuerza situada en la derecha radical, algo está cambiando en la sociedad. Europa puede seguir llamando extremista a todo aquel que reclame fronteras seguras y autoridad nacional, pero esa estrategia ya no basta para detener el voto.

Quizá los españoles estemos llegando también a ese punto. Quizá después de tantos años de socialismo, pactos imposibles y decisiones que han debilitado la autoridad del Estado, una parte del país haya decidido que ya quiere otra cosa.

España necesita recuperar la confianza en sí misma. Necesita un Gobierno que defienda sus fronteras, que proteja a sus ciudadanos, que respete a quienes producen riqueza y que recuerde que la soberanía nacional no es una reliquia del pasado. Si Alemania acaba de enseñar que el electorado puede cambiar de rumbo, España debería preguntarse cuánto falta para que sus ciudadanos hagan lo mismo. Porque una nación que deja de creer en quienes la gobiernan termina buscando a quienes estén dispuestos a defenderla.

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